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viernes, 7 de noviembre de 2014

Los fantasmas existen, pero están en nuestro cerebro. Y ahora los neurocientíficos saben cómo «invocarlos»

¨Una persona experimenta la "ilusión del fantasma" en el laboratorio¨


Alain Herzog/EPFL
 
¨Las historias de fantasmas y espectros son comunes a todas las culturas. Precisamente la fiesta de Halloween, que acaba de pasar, conocida como la noche de difuntos en nuestro país, es propicia para contar esas historias que provocan un escalofrío en los más crédulos y que al menos despiertan una sensación de inquietud incluso en los más escépticos.
Una investigación llevada a cabo en Suiza, en la que han participado también científicos de Japón e Israel, explica de forma científica el fundamento de esas viejas creencias. Por primera vez un equipo de neurocientíficos ha logrado inducir en el laboratorio una “aparición” en voluntarios sanos que se prestaron a ello. La sensación fue tan real que uno de los participantes pidió que pararan en experimento. El trabajo acaba de publicarse en "Current Biology"
¿Cómo lo consiguieron? No fue con ayuda de mediums, conjuros, ni otros procedimientos esotéricos. Tan solo tuvieron que engañar al cerebro de los participantes provocando una discrepancia entre lo que sentían y lo que hacían.
Gracias a ello, lograron que notaran una “presencia extraña”, que definen como la sensación de que alguien está cerca cuando realmente no ven a ninguna persona a su alrededor. “Se trata de una proeza fascinante de la mente humana, y a menudo puede encontrarse en la literatura relacionada con la divinidad, el ocultismo o la ficción", explican los investigadores.

Fruto del cansancio

Esa sensación teóricamente cualquiera puede experimentarla en situaciones de cansancio o miedo extremos. Los investigadores, encabezados por el neurólogo Olaf Blanke, del laboratorio de neurociencia cognitiva de la Escuela Politécnica Federal de Lausana (Suiza), relatan el caso del alpinista Reinhold Messner, que tuvo esa extraña percepción cuando descendía con su hermano del Nanga Parbat, una de las diez montañas más altas del planeta. Exhausto y helado, acusando la falta de oxígeno, de repente se dio cuenta de que había un tercer escalador con ellos, “un poco a la derecha, a pocos pasos detrás de mi, justo fuera de mi campo de visión”. Aunque no pudo verle, estaba seguro de que había alguien más allí.
Estas historias son comunes entre alpinistas, exploradores, supervivientes, y también en personas que han perdido a su pareja. También en pacientes con trastornos neurológicos o psiquiátricos. Todos describen la presencia de “alguien” que no ven. Las interpretaciones son variadas, desde el ángel de la guarda, a un ser infernal, pasando por un familiar perdido.
Ahora el equipo de Olaf Blanke ha desenmascarado a ese escurridizo fantasma que no se deja ver. Y tienen una explicación simple para esa ilusión. En realidad, aseguran, es el resultado de una integración defectuosa de las señales sensoriomotoras: tacto, posición el cuerpo y movimiento.
Estas señales son fundamentales para crear la conciencia de nosotros mismos al integrarse en el cerebro la información procedente de nuestros movimientos y la posición de nuestro cuerpo en el espacio. Si esta integración falla, como en el caso de cansancio extremo, miedo o desórdenes neurológicos, se crea en el cerebro la sensación de una presencia extraña. “Los fantasmas existen, pero están en nuestro cerebro”, señalan los investigadores.

Creando un "fantasma"

Los investigadores analizaron primero los cerebros de 12 pacientes con trastornos neurológicos, en su mayoría epilepsia, que habían experimentado este tipo de "aparición". Mediante resonancia magnética de sus cerebros encontraron la clave en tres regiones corticales: la corteza insular, la corteza frontoparietal y la corteza temporoparietal. Estas tres áreas están involucrados en la autoconciencia, el movimiento y el sentido de la posición que ocupamos en el espacio (propiocepción). Juntas, contribuyen al procesamiento de señales multisensoriales, fundamentales para la percepción del propio cuerpo.
Después, los científicos llevaron a cabo un experimento de "disonancia", en el cual con los ojos vendados los participantes sin ninguna patología realizaron movimientos con la mano delante de su cuerpo. Detrás de ellos había un dispositivo robótico que reproducía sus movimientos, tocándolos en la espalda. Este toque se llevaba a cabo simultánemente a los movimientos de los voluntarios, o con un ligero retraso. Con ello lograban una especie de discrepancia espacio-temporal. En el primer caso, cuando el movimiento de los voluntarios estaba sincronizado con el del robot, el cerebro de los participantes fue capaz de adaptarse y tener una percepción correcta.
Sin embargo, cuando se producía un retraso entre los movimientos del participante y el toque del robot no se llevaba a cabo la integración de la percepción temporal y espacial, y los participantes sintieron la ilusión del fantasma: la sensación de una presencia extraña.

Una experiencia "insoportable"

Los participantes desconocían el objetivo del experimento. Después de unos tres minutos de retraso entre el movimiento de su brazo y el roce en la espalda del robot, los investigadores les preguntaron lo que sentían. Instintivamente, varios informaron de una fuerte "sensación de una presencia", incluso contando hasta cuatro "fantasmas" donde no había ninguno. "Para algunos, la sensación era tan fuerte que pidieron detener el experimento", resalta Giulio Rognini, que dirigió el estudio.
"Nuestro experimento indujo la sensación de una presencia extraña creada en el laboratorio por primera vez. Esto demuestra que puede producirse en condiciones normales, simplemente cuando las señales sensoriales y motoras entran en conflicto", explica Blanke. "El sistema robótico imita las sensaciones de algunos pacientes con trastornos mentales o de personas sanas en circunstancias extremas. Esto confirma que es causada por una percepción alterada del propio cuerpo en el cerebro."

Esquizofrenia

Además de explicar un fenómeno común a muchas culturas, el objetivo de esta investigación es comprender mejor algunos de los síntomas de los pacientes que sufren de esquizofrenia y que a menudo experimentan alucinaciones o delirios asociados con la presencia de una entidad extraña cuya voz pueden oír o cuyas acciones pueden sentir. Muchos científicos atribuyen estas percepciones a un mal funcionamiento de los circuitos cerebrales que integran la información sensorial relacionada con los movimientos de nuestro cuerpo.
"Nuestro cerebro posee varias representaciones de nuestro cuerpo en el espacio", aclara Rognini. "En condiciones normales, es capaz de lograr una autopercepción unificada del yo a partir de estas representaciones. Cuando el sistema funciona mal a causa de la enfermedad, o en nuestro experimento, de un robot, esto puede a veces crear una segunda representación del propio cuerpo, que ya no se percibe como 'yo' sino como alguien más, como una presencia.
Es poco probable que estos hallazgos sirvan para la gente deje de creer en fantasmas, reconocen los investigadores. Sin embargo, para los científicos, es una evidencia más de que los fantasmas sólo existen en nuestras mentes
 

domingo, 5 de octubre de 2014

Monkey leaders and followers have 'specialised brains'

 
Monkeys at the top and bottom of the social pecking order have physically different brains, research has found.
A particular network of brain areas was bigger in dominant animals, while other regions were bigger in subordinates.
The study suggests that primate brains, including ours, can be specialised for life at either end of the hierarchy.macaques


The differences might reflect inherited tendencies toward leading or following, or the brain adapting to an animal's role in life - or a little of both.

Neuroscientists made the discovery, which appears in the journal Plos Biology, by comparing brain scans from 25 macaque monkeys that were already "on file" as part of ongoing research at the University of Oxford.
"We were also looking at learning and memory and decision-making, and the changes that are going on in your brain when you're doing those things," explained Dr MaryAnn Noonan, the study's first author.

The decision to look at the animals' social status produced an unexpectedly clear result, Dr Noonan said.
¨It was surprising. All our monkeys were of different ages and different genders - but with fMRI (functional magnetic resonance imaging) you can control for all of that. And we were consistently seeing these same networks coming out."
The monkeys live in groups of up to five, so the team identified their social status by watching their behaviour, then compared it to different aspects of the brain data.

In monkeys at the top of their social group, three particular bits of the brain tended to be larger (specifically the amygdala, the hypothalamus and the raphe nucleus). In subordinate monkeys, the tendency was for a different cluster of regions to be bigger (all within the striatum).
Nature plus nurture
At either end of the social ladder, compared to monkeys in the middle, the activity in all these different brain regions was more synchronised. The researchers believe these areas together constitute brain circuits that are crucial for negotiating social situations - interpreting social and emotional cues, learning the value of certain actions, and so on.

Dr Noonan said it was particularly interesting to see different brain regions expanded at the top and the bottom of the social ladder, indicating that dominance isn't simply about being physically stronger and having an altogether bigger brain.

"It suggests that at either end [of the hierarchy], you really need a specific set of skills to be successful, and those skills are making higher neural demands on those areas of the brain," she told the BBC.

"In the animal kingdom, you might think that being dominant is all about aggression - I'm the bigger monkey, bugger off the rest of you.

"But all of this put together means that dominance might actually depend not only on aggression and physical strength, but also on forming bonds and making coalitions - and being quite smart about placing your loyalties."

The results cannot distinguish whether the differences in these monkeys' brains were there from birth, predisposing them to a particular social lot in life, or whether they reflect ongoing changes in the brain's organisation based on the demands of living with a particular status. Dr Noonan thinks that a combination of both these effects is the most likely explanation.

"It probably is both, because they're both really important mechanisms to have on board. You can imagine if you've come from 'good stock' within the monkey world, and your dad was really strong and muscly, you'll inherit those genes, and that might set your brain up in a certain way.

"But of course you're going to have to be plastic, in order to succeed and survive. You'll have to be adapting your behaviour and therefore your brain has got to adapt too."
There is no reason to suspect that the correlations identified in the study would not apply to other primates, like apes and humans.

"The regions that we've found are all there in humans and they all do similar things," Dr Noonan said.

But in our society, social position can vary considerably in different situations - so it is might be difficult to define "dominance" for a human study.

"While we might be top-dog in one circle of friends, at work we might be more of a social climber. The fluidity of our social position and how our brains adapt our behaviour to succeed in each context is the next exciting direction for this area of research."

www.bbc.com/news/science-environment-29013592

miércoles, 26 de marzo de 2014

Can We Identify Emotionally Intelligent Job Candidates?

Can We Identify Emotionally Intelligent Job Candidates?

Author DANIEL GOLEMAN
¨Some claim the new phone app MEIT (mobile emotional intelligence test), which shows photos of people’s faces and asks you to identify a person’s emotions, can tell how emotionally intelligent you are. Maybe, but I’m dubious.
For one, identifying a person’s feelings from their facial expression taps only one of three kinds of empathy, as I explain in Focus: The Hidden Driver of Excellence. That taps cognitive empathy, thinking about how the other person thinks and feels. Machiavellians and sociopathscan be excellent at this kind of empathy, but I don’t see them as models of emotional intelligence.
Nor does the phone app assess emotional empathy, the ability to resonate in the moment with another person’s feelings. And it doesn’t come anywhere near measuring empathic concern – actually caring about the other person and wanting to help them if you can. The best organizational citizens and most effective leaders, I’ve argued, have such concern, and so create the sense of a secure base in their direct reports. This helps a leader’s direct reports operate at their best rather than being on the defensive.
Another consideration: there are other parts to emotional intelligence beyond emapthy, likeself-awarenessself-management, and relationship management – the best measure would assess all of these.
Coincidentally, I read the article about MEIT just after getting off the phone with an editor at theASTD magazine, T + D. We had talked about how employers and their HR team could spot emotional intelligence in job applicants. I told her that in interviews people put their best face forward, and even skillful questioning may not get at how a person will actually get along with their co-workers once on the job.
I suggested following the advice of Claudio Fernández-Aráoz, the hiring guru, and try to interview people in confidence who have worked with that person in the past, and who will be honest with you. Even better, hire folks on a provisional basis, and observe how they actually harmonize or not with others in your organization.
That last strategy – actual on-the-job performance – gives you the best answer. After all, any test of EI in the workplace finds validation to the extent it predicts such performance. Why not simply judge it for yourself?¨

martes, 24 de septiembre de 2013

Dr. Eric García López

¨
¨Eric García es Doctor en Psicología Clínica, Legal y Forense, graduado con mención
honorífica (Summa Cum Laude por unanimidad) en la Universidad Complutense de
Madrid (UCM). Obtuvo el título del Máster en Psicopatología Forense por la citada
Universidad y el título del Máster en Derechos y Necesidades de la Infancia y la
Adolescencia por UNICEF España y la Universidad Autónoma de Madrid. Asimismo,
obtuvo el grado académico del Doctorado en Neurociencia y cursó los estudios de
especialización en Criminología Psicosocial, en la Facultad de Sociología y Ciencias
Políticas de la Universidad Complutense de Madrid, el Diplomado en Derechos Humanos
por la Cátedra UNESCO de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y las
comisiones nacional y estatal de Derechos Humanos.
Ha asistido a seminarios y conferencias de especialización en el Instituto de Criminología,
en Cambridge, Inglaterra; la Universidad de Barcelona, el Centro Reina Sofía para el
Estudio de la Violencia, la Universidad de Salamanca, España; etc. Ha presentado
ponencias, simposios y conferencias magistrales en Leuven, Bélgica; Granada, España;
Bogotá, Colombia; Venezuela, etc.
Estudió la licenciatura en Psicología dentro del área clínica y la licenciatura en Derecho en
la Universidad Autónoma “Benito Juárez” de Oaxaca y el Instituto de Estudios Superiores
del mismo estado. Ha sido jefe del área de psicología del Consejo de tutela para
adolescentes infractores, psicólogo de la Comisión Estatal de Derechos Humanos, Asesor
del Procurador General de Justicia del Estado, Becario del Consejo Nacional de Ciencia y
Tecnología de México, Profesor de Tiempo Completo (Psicopatología y Derechos
Humanos) en la Universidad Regional del Sureste y Profesor de Victimología y
Criminología en la Universidad Anáhuac.
Actualmente es Director de Investigación y Posgrado en la Universidad Autónoma “Benito
Juárez” de Oaxaca, profesor de Psicopatología y Ciencia Criminológica en la Maestría en
Derecho y Ciencias Penales, Profesor del Centro Internacional de Formación e
Investigación en Psicopatología Criminal y Forense, con sede en Madrid y Consejero de la
Comisión para la Defensa de los Derechos Humanos.
Forma parte del Comité Científico Internacional de la Revista Diversitas, Perspectivas en
Psicología, de la Universidad Santo Tomás, en Colombia. Asimismo, es profesor invitado
de los diplomados en Psicología Jurídica de la Sociedad Mexicana de Psicología, del
Instituto Interdisciplinario de Psicología Jurídica, en Mérida, Yucatán y del Instituto
Nacional de Ciencias Penales (INACIPE) en la Benemérita Universidad Autónoma de
Puebla (BUAP). Participa en diversos congresos nacionales e internacionales con temas
relacionados con la psicología jurídica, la psicopatología forense, la criminología y la
victimología. Ha sido docente desde 1996 en diversas instituciones académicas.
Es autor del libro “Fundamentos de Psicología Jurídica y Forense” (Oxford University) y de
varias publicaciones arbitradas. Es miembro titular de la Sociedad Mexicana de
Neuropsicología, miembro Fundador de la Asociación Latinoamericana de Psicología
Jurídica y Forense, miembro titular de la Asociación Iberoamericana de Psicología
Jurídica, miembro de la Sociedad Mundial de Victimología y de la Sociedad Mexicana de
Psicología.
Ha sido miembro de la Sociedad Española de Neurociencia, de la European Association
of Psychology and Law y de la Sociedad Española de Psicopatología Forense, entre
otras.¨

psicocent.com.ar/autor_cv.php?idautor=93
NOTA: Este artículo no esta actualizado, data del 2010.